Los Sacramentos son signos de salvación, instituidos por Jesucristo para su Iglesia; prenda de la existencia de cada persona en la Iglesia y con la Iglesia. 
El Bautismo fundamenta la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, en el comienzo de la vida.
En la Confirmación, los adultos jóvenes son fortalecidos y santificados por medio del don del Espíritu Santo. La Eucaristía concede a los creyentes la participación en la vida de su Señor y los une en comunión. 
En el sacramento del Orden se confiere un ministerio especial en la Iglesia a los diáconos, presbíteros y obispos. A quien ha cometido alguna culpa, el sacramento de la Penitencia le concede la reconciliación y el perdón.
"¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia para que recen por él y lo unjan con aceite en nombre del señor". En el sacramento del Matrimonio, los contrayentes se prometen mutuamente amor y fidelidad; su comunión de vida es imagen de la comunión de los creyentes instituida por Dios.
Regnare Christum volumus! Deo omnis gloria.
Los Sacramentos

La Iglesia dispensa -como legado santo de su Señor- siete sacramentos. Están ordenados a la vida y la fe de las personas. En ellos y por ellos Jesús se da al hombre. En tal donación gratuita, el hombre se siente seguro de su fe y de su esperanza, del hecho de amar y de ser amado. En la administración de los sacramentos no sólo se habla de la pertenencia a Dios y de la redención. Como signos eficaces que son, transmiten la pertenencia a Dios y conceden la redención. 
"De su plenitud, en efecto, todos nosotros hemos recibido gracia sobre gracia" (Juan 1,16)

Sacramento: Signo de salvación, instituido por Jesucristo para su Iglesia; prenda de la existencia de cada persona en la Iglesia y con la Iglesia. 
El Bautismo fundamenta la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, en el comienzo de la vida. En la Confirmación, los adultos jóvenes son fortalecidos y santificados por medio del don del Espíritu. La Eucaristía concede a los creyentes la participación en la vida de su Señor y los une en comunión. A quien ha cometido alguna culpa, el sacramento de la Penitencia le concede la reconciliación y el perdón. En el sacramento del Orden se confiere un ministerio especial en la Iglesia a los diáconos, presbíteros y obispos. En el sacramento del Matrimonio, los contrayentes se prometen mutuamente amor y fidelidad; la comunión de vida que ellos viven es imagen de la comunión de los creyentes instituida por Dios. 
Los sacramentos son signos visibles de la realidad invisible de la salvación. Puesto que Dios los concede, los sacramentos realizan lo que significan.
 

Bautismo

El Bautismo es un comienzo, un don anticipado de Dios que hay que hacer efectivo a lo largo de toda la vida: "En el Bautismo fuisteis sepultados con Cristo, habéis resucitado también con Él por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos" (Col 2,12).

Bautismo: Significa sumergir en el agua, que es el elemento de la vida. Cuando una persona no bautizada entrega su vida por Jesucristo (es decir, cuando sufre el martirio), se habla de "bautismo de sangre". Se habla de "bautismo de deseo" cuando los no bautizados obran el bien, se entregan en favor del prójimo y de este modo -consciente o inconscientemente- siguen a Cristo.
Acerca de los niños que mueren sin Bautismo, creemos que Dios nuestro Señor no los deja de su mano.
El Bautismo se administra de la siguiente manera: El celebrante derrama agua tres veces sobre la cabeza del bautizando mientras dice: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".

"El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo." 
CEC 1277

"El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo." CEC 1279
 

Confirmación

Al igual que el Bautismo, la Confirmación imprime en el alma un carácter espiritual, un sello indeleble. Por eso, este sacramento sólo puede recibirse una vez. El don del Espíritu Santo capacita al confirmado para llegar a ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-14), para dar testimonio de Jesucristo por medio de la propia vida y actividad, de tal modo que todos se den cuenta de que aquí habla y actúa un cristiano.

"La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras." CEC 1316
 

Penitencia

El perdón de los pecados, que proclamamos en el Credo, lo experimenta concretamente cada creyente en el sacramento de la Penitencia. Cada bautizado puede recibir el sacramento de la Reconciliación por medio de un sacerdote que haya obtenido de la Iglesia autoridad para hacerlo. La persona que después del Bautismo haya cometido un pecado grave tiene que reconciliarse con Dios y con la comunidad de los creyentes antes de recibir la sagrada Comunión. Al pecador se le exige que reconozca su culpa y tenga propósito firme de cambiar su vida; confiese sus pecados y esté dispuesto a reparar, en la medida de lo posible, la injusticia cometida, y acepte la penitencia que el sacerdote le  imponga.

Conversión (arrepentimiento): Significa el hecho de apartarse del mal y estar dispuesto decididamente a un nuevo comienzo. Cuando se habla del sacramento de la Penitencia, se acentúa que el pecador está dispuesto a reparar su culpa. Se habla de la confesión cuando se trata de la confesión individual de los pecados; suele hablarse también del sacramento de la Reconciliación o la Conversión.

Perdón: "La confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia." CEC 1497

Pecado: "Conviene valorar los pecados según su gravedad. La distinción entre pecado mortal y venial, perceptible ya en la Escritura, se ha impuesto en la tradición de la Iglesia. La experiencia de los hombres la corrobora" CEC 1854
"Para que un pecado sea (pecado) mortal se requieren tres condiciones: 'Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento' (Reconciliatio et poenitentia 17)" CEC 1857
"Se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave, pero sin pleno conocimiento o sin entero consentimiento." CEC 1862

"El sacramento de la Penitencia está constituido por el conjunto de tres actos realizados por el penitente y por la absolución del sacerdote. Los actos del penitente son: el arrepentimiento, la confesión o manifestación de los pecados al sacerdote y el propósito de realizar la reparación y las obras de penitencia." CEC 1491
 

Eucaristía

El sacramento de la Eucaristía es el centro y el corazón de todos los actos de culto de la Iglesia de Jesucristo. Porque en este sacramento la Iglesia cumple -día tras día- en todo el mundo el encargo dado por Jesús a sus apóstoles en la víspera de su Pasión: "Haced esto en conmemoración mía". Por eso, nuestra celebración se fundamenta en el recuerdo de la Última Cena de Jesús, que es, según San Pablo, una tradición santa.

La Iglesia -y cada parroquia- celebra la Eucaristía en cuanto comunidad de alabanza y acción de gracias, como comunidad en la Santa Cena y también como comunidad a la que el sacrificio de Cristo nos obliga. Así, no sólo mantiene vivo la Iglesia el recuerdo de lo que Dios hizo por nosotros por medio de Jesucristo. En la celebración eucarística se hace Él presente. Al participar en ella, vivimos nuestra condición de cristianos.

La Santa Misa consta de cuatro partes:

1ª) Ritos iniciales: saludo, acto penitencial, Kyrie eleyson, Gloria y "colecta".
2ª) Liturgia de la palabra: se leen tres pasajes de la Biblia. El predicador explica, por encargo de la iglesia, la Palabra de Dios, de tal modo que todos entiendan cómo se puede ser cristiano hoy día. En los domingos o en solemnidades especiales, la comunidad recita el Credo. En las peticiones, la comunidad presenta ante Dios sus intenciones.
3ª) La Eucaristía, en la que la comunidad celebra la Cena de su Señor. El sacerdote, con la autoridad de Cristo, recita la plegaria eucarística. En el nombre de Jesucristo y con la autoridad de su ministerio, el sacerdote hace y dice lo mismo que Jesús hizo y dijo. Y, así, transustancia (consagración) los dones que llevamos al altar -el pan y el vino- en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo: es el misterio (o sacramento) de nuestra fe. Los creyentes recitan el Padre Nuestro y reciben la Comunión. En ella se hace realidad nuestra comunión con el Señor glorificado. En la Cruz Jesús establece la nueva Alizanza por medio de su sangre. El que vive en esta Alianza está llamado a existir para Dios y para sus semejantes, lo mismo que hizo el Señor; está llamado a sacrificarse él mismo, lo mismo que Él se sacrificó.
4ª) Rito de conclusión: La celebración eucarística termina con la bendición y la despedida.

Eucaristía: significa "acción de gracias". Este nombre se aplica a toda la celebración. Pero también se llama Eucaristía, para deslindarla de la liturgia de la palabra, a la segunda parte de la misa, que contiene la plegaria eucarística. Asimismo, se llama también eucaristía al pan consagrado que recibimos casi siempre en la Misa y veneramos respetuosamente en todo momento. Cuando queremos decir que en la celebración eucarística dse hace actual el sacrificio de cristo, hablamos del "santo sacrificio". El nombre de "santa misa" (misa=despedida) designa el final de la celebración: se despide a los creyentes para que, en su vida cotidiana, dondequiera que vivan, sean testigos de Jesucristo.

"La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la iglesia." CEC 1407

"El que quiere recibir a Cristo en la Comunión eucarística debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia." CEC 1415
 

Unción de los Enfermos

Desde el principio, en la Iglesia se atendió de manera especial a los enfermos: "¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia para que recen por él y lo unjan con aceite en nombre del señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo, y el Señor lo restablecerá, y le serán perdonados los pecados que haya cometido" (Sant 5,14-15).

El sacramento se sigue administrando hoy día de esta misma manera. El sacerdote ora por el enfermo y con el enfermo. Le unge en la frente y en las manos con óleo consagrado.

"Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad".

Después de la Unción, el enfermo recibe la sagrada Comunión, el "viático" (=pan para el camino).

El que ha confiado su vida a Jesucristo y vive unido a Él puede esperar que, aun en la enfermedad y la agonía mortal, no perderá esa vinculación. Los creyentes pueden acogerse a su Señor. Él sabe muy bien lo que es el sufrimiento. Pueden suplicarle que les ayude. Pueden unir sus propios sufrimientos a los sufrimientos de Jesús, y ofrecerlos por la vida del mundo.

El sacramento de la Unción de los enfermos puede administrarse al mismo tiempo a varias personas en el hospital o en una iglesia parroquial. Todo enfermo si empeora o su enfermedad se prolonga durante mucho tiempo, puede recibir este sacramento más de una vez.

"El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez." CEC 1527

"El tiempo oportuno para recibir la Santa Unción llega ciertamente cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de muerte por causa de enfermedad o de vejez." CEC 1528
 

Orden Sacerdotal

La Iglesia, pueblo de Dios en el mundo, vive entre los pueblos. como la Iglesia es la comunión de los creyentes, necesita portavoces, personas llamadas por vocación a asumir el encargo de Jesucristo de mantener la unidad de los fieles y velar por que perseveren en la fe. El ministerio sacramental en la iglesia tiene tres niveles: los obispos, los presbíteros y los diáconos. Todos ellos son partícipes del sacerdocio de Jesucristo; el ministerio que desempeñan se fundamenta en él; representan a la Iglesia.

Han sido escogidos de la comunidad de los santos y destinados a ejercer su ministerio al servicio de esa comunidad. Por eso, se les consagra u ordena para su ministerio respectivo.

Obispo (en griego, episkopos="supervisor"): En comunión con el Papa, los obispos cuidan y dirigen la Iglesia y velan por que el Evangelio de Jesucristo se proclame en toda su plenitud. El ministerio episcopal está reservado a varones que, lo mismo que los presbíteros, vivan célibes.

Presbítero (en griego, presbyteros="anciano"): Popularmente se les llama "sacerdotes". La Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica creen que es voluntad de Cristo que el ministerio presbiteral esté reservado a los varones. En nuestra Iglesia, los presbíteros están obligados al celibato (es decir, a vivir sin casarse). "Los presbíteros... en virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados... para anunciar el Evangelio a los fieles, para cuidarlos pastoralmente y celebrar el culto divino..." (Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia 28).

Diácono (en griego, diakonos="servidor"): Para el ministerio del diaconado pueden ser ordenados también varones casados. Los diáconos no están autorizados a celebrar la Eucaristía ni a perdonar pecados mediante el sacramento de la Penitencia. Están al servicio de los pobres que hay en la comunidad, ayudan en la celebración del culto divino y se encuentran siempre al lado de los presbíteros para prestarles asistencia.

"La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal. Por el bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta participación se llama 'sacerdocio común de los fieles'. A partir de este sacerdocio y al servicio del mismo existe otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del Orden, cuya tarea es servir en nombre y en representación de Cristo-Cabeza en medio de la comunidad". CEC 1591

"El sacerdocio ministerial difiere esencialmente del sacerdocio común de los fieles porque confiere un poder sagrado para el servicio de los fieles. Los ministros ordenados ejercen su servicio en el pueblo de Dios mediante la enseñanza (munus docendi), el culto divino (munus liturgicum) y por el gobierno pastoral (munus regendi)." CEC 1592
 

Matrimonio

El hombre encuentra su propia identidad cuando ama. Porque Dios, que es Amor, lo ha creado a su imagen y semejanza: como varón y como mujer (Gn 1,27). Cuando un hombre y una mujer se encuentran, se aman y no quieren vivir separados, se prometen fidelidad para toda la vida: se administran mutuamente el sacramento de Matrimonio. Y, como no se trata sólo del amor del uno hacia el otro, sino también del amor de Dios, los que contraen matrimonio hacen esta promesa públicamente, ante el sacerdote como representante de la Iglesia y ante dos testigos. Su alianza se sella haciéndose donación de sí mismos el uno al otro: se convierten en "un solo cuerpo y una sola alma", y de esta manera encuentran plenitud y felicidad en su vida. De esta íntima unión suya puede nacer nueva vida: el varón y la mujer llegan a ser padre y madre. Así se expande su vida. Todo hijo es un regalo de dios, pero también un encargo y una responsabilidad ante Dios. Por eso es conveniente que los esposos proyecten en común su familia en la presencia de Dios y ante su propia conciencia.

El matrimonio es una alianza para toda la vida. Jesús dice: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" (Mc 10,9). Estas palabras son difíciles para muchos, porque no hay garantía de que la pareja vaya a tener éxito en su vida conyugal: las personas pueden equivocarse en su apreciación mutua. El amor puede sucumbir en medio de la enfermedad y las desgracias. Es posible que dos personas que se aman lleguen a no entenderese. Ya no son capaces de dialogar entre sí; se hacen extraños el uno para el otro. Hay matrimonios que fracasan.

Los cristianos deben confiar en que, incluso en esas ocasiones, no los ahandona el amor de Dios ni el amor de la Iglesia de Jesucristo.

"La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. Entre bautizados el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento." 
CEC 1660

"La unidad, la indisolubilidad y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva a la vida conyudal de su 'don más excelente', el hijo." CEC 1664

"El hogar cristiano es el lugar en que los hijos reciben el primer anuncio de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente 'iglesia doméstica', comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana." CEC 1666
 

 
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Última actualización 15/07/2001